lunes, marzo 9

Y nada quema más que esta ansiedad, Juan Lapeyre

no hay un centro solamente límites
y desde cada uno me encuentro y me pierdo
cada instante llama y sofoca
y cada luna distinta y distante aparta al corazón
hasta dormirlo en su bosque

el aire camina conmigo
susurrándome
ennegreciendo el latido mientras me canso

un eco dibuja en mi conciencia
una vena de luz que cuenta las esperas
como gotas de nieve que se deshiela
una a una
crujiendo mientras se quiebra
la piel por donde el cielo se desliza a buscarme

¿qué este ruido ronco que persiste
en medio de este rumor de gente?

ha venido a verme el tiempo fallecido
ha roto conmigo el espejo de las horas
y ambos lloramos
aniquilados en la misma larga galería
a punto de salir uno de los dos
limpio del derrumbe

y nada quema más que esta ansiedad
en que se vierte el alma
hasta perderse y hallarse cada día


lunes, enero 19

Poesía, Novalis

«El don del discernimiento, el juicio puro, cortante, sólo con suma prudencia puede aplicarse a los hombres, si no quiere herir de muerte y suscitar un odio general. 

El entendimiento es odioso, en parte por la tristeza que produce el arrebatarnos un error que nos consolaba, pero también porque nos provoca el sentimiento de estar siendo víctimas de una injusticia. Y esto es así porque el juicio más exacto, al separar lo indivisible, al hacer abstracción de todo cuanto arropa un hecho, las circunstancias, el territorio, la historia, etc., se acerca en exceso a la naturaleza misma de la cosa, la estudia como fenómeno aislado y olvida que se trata de un miembro perteneciente a un conjunto en cuyo interior adquiere su auténtico valor.

Es esta mezcla de verdad agresiva y error insultante lo que hace que el entendimiento sea tan hiriente. La poesía cura las heridas producidas por la razón. Ya que en ella se componen dos elementos contradictorios: la verdad que supera y la ilusión que encanta».

miércoles, septiembre 10

Autorretrato con radiador, Christian Bobin

Lentitud, perfecta lectora.

La muerte está en la precipitación como en su casa. La lentitud, por el contrario, la sorprende, la desconcierta. El hombre apresurado y el hombre lento morirán los dos, sí, pero el hombre lento habrá recorrido en ese instante una distancia mucho mayor que el hombre apresurado.

Hacer siempre el esfuerzo de pensar en lo que está ante ti, prestarle una atención real, mantenida, no olvidar ni un segundo que al que o a la que hablas, viene de otro sitio, que sus gustos, sus pensamientos o sus gestos han sido formados por una larga historia, poblada por muchas cosas y por otras personas que tú nunca conocerás. Acordarte siempre de que al que o a la que miras no te debe nada, no forman parte de tu mundo, no hay nadie en tu mundo, ni tan siquiera tú. Este ejercicio mental –que pone en movimiento el pensamiento y también la imaginación– es un poco austero, pero te conduce al gozo mayor que exista: amar al que o a la que está ante ti, amarlo por ser como es, un enigma –y no por ser lo que crees, lo que temes, lo que confías, lo que esperas, lo que buscas, lo que quieres.